Las causas del fuego.

En respuesta a la Tribuna publicada por el Sr. Eduardo Pérez Hoces, presidente de ARAG-Asaja, en este medio, (La Rioja) quisiera plantear algunas consideraciones y contribuir a aclarar o desmontar varias de las afirmaciones que en ella se recogen. Es fundamental abordar este debate con rigor, porque la situación del medio rural es compleja y los problemas que enfrentamos, como los incendios forestales, tienen múltiples causas que no se reducen a un solo factor ni a culpables fáciles.

Los incendios que están arrasando Castilla y León, Galicia y Extremadura constituyen una tragedia ambiental y social que exige reflexión seria sobre cómo gestionamos nuestros territorios y cómo enfrentamos el cambio climático. Pero una cosa es reflexionar y otra muy distinta es utilizar el dolor para difundir bulos o trasladar la responsabilidad a la conservación de especies como el lobo. Señalar que las políticas ambientales del Pacto Verde o la protección del lobo son responsables de estos incendios es una simplificación interesada que no resiste un análisis objetivo.

El verdadero problema tiene raíces mucho más profundas: el cambio climático, que multiplica las olas de calor y las sequías; un modelo económico que ha favorecido la ganadería intensiva en detrimento de la extensiva; la concentración de la tierra y de los mercados en pocas manos; y un sistema que no garantiza la rentabilidad ni el relevo generacional en el medio rural. La ganadería extensiva y la agricultura tradicional contribuyen de manera directa a mantener los paisajes limpios, los pastos equilibrados y los bosques menos vulnerables al fuego, mientras que la intensiva concentra recursos, reduce la diversidad y genera presiones económicas que empujan al abandono.

El abandono del campo no se debe a las normativas ambientales, sino a factores estructurales: la falta de rentabilidad frente a los precios impuestos por grandes empresas y cadenas de distribución, la escasa incorporación de jóvenes al sector, y la ausencia de políticas que fortalezcan la vida rural. Culpar al ecologismo de que miles de jóvenes no encuentren futuro en los pueblos ignora décadas de desequilibrios económicos y sociales que han vaciado nuestras comarcas.

Respecto al lobo, es necesario ser rigurosos: no es el responsable del declive de la ganadería extensiva. Esta ha ido perdiendo peso por la competencia de la intensiva y la presión de los mercados globales. Además, el lobo cumple una función ecológica vital, controlando poblaciones de ungulados que, de otro modo, podrían dañar cultivos y pastos y aumentar el riesgo de incendios. Defender su conservación no significa desproteger a los ganaderos, sino trabajar por fórmulas de convivencia eficaces, como indemnizaciones rápidas y justas, medidas preventivas en cercados y pastoreo protegido, y la valorización de los productos de la ganadería extensiva, garantizando su viabilidad económica y ecológica.

Es innegable que agricultores y ganaderos han estado al pie del cañón en esta catástrofe, demostrando solidaridad y compromiso. Su esfuerzo merece reconocimiento, pero no invalida la necesidad de políticas ambientales fuertes y coherentes. Sin ellas, los incendios, la desertificación, la pérdida de biodiversidad y los efectos del cambio climático harán inviable la vida en el campo, por mucho que los profesionales trabajen incansablemente en cada emergencia.

En lugar de enfrentar ecologismo y mundo rural, debemos construir puentes: apoyar a quienes viven y trabajan en el campo, fortalecer la agricultura y la ganadería sostenibles, revalorizar la extensiva y comprender que cuidar la naturaleza no es un obstáculo, sino una condición indispensable para garantizar la vida y el futuro de nuestros pueblos. Las políticas públicas deben ser instrumentos que faciliten la sostenibilidad, no barreras que dificulten la permanencia y el desarrollo de quienes sostienen la vida en nuestros territorios.

En definitiva, si queremos proteger a nuestros pueblos y frenar la despoblación, necesitamos políticas que respalden la agricultura y la ganadería extensivas, que dignifiquen el trabajo en el campo y al mismo tiempo aseguren la conservación de la biodiversidad. Cuidar la naturaleza y cuidar de quienes viven de ella no son caminos opuestos, sino complementarios. No se trata de buscar culpables fáciles en el ecologismo o en el lobo, sino de construir un modelo rural sostenible, resiliente y con futuro, en el que medio ambiente y desarrollo económico vayan de la mano, y en el que las políticas públicas trabajen para sostener y reforzar la vida en nuestros pueblos.

 

Publicada en el periódico La Rioja el 25/08/2025

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