LA VIOLENCIA TAMBIÉN EMPIEZA CON LAS PALABRAS

Hoy, en el Parlamento de Navarra, no ha sido posible aprobar una declaración institucional de condena a los actos de violencia y racismo ocurridos en Ceuta, a las amenazas contra el colectivo navarro Negu Gorriak y a la agresión sufrida por la diputada Julia Ferreras. UPN se ha abstenido; PP y Vox han votado en contra.

Resulta difícil no detenerse en las explicaciones. El portavoz del PP navarro ha terminado afirmando que lo que sucede en Ceuta «es una invasión». El de Vox ha calificado a los miembros del colectivo navarro de «cuatro sinvergüenzas», se ha referido a los migrantes como «invasores» y ha insistido: «Ceuta ha sido invadida».

Mientras tanto, Alberto Núñez Feijóo y otros dirigentes políticos han condenado la violencia sufrida por Julia Ferreras. Hacen bien. Cualquier agresión física debe ser condenada sin matices, venga de donde venga y la sufra quien la sufra.

Pero quizá deberíamos preguntarnos si la violencia comienza únicamente cuando vuela una piedra, se rompe el cristal de un coche o alguien teme por su integridad física.

Durante las últimas semanas hemos escuchado hablar reiteradamente de «invasión» para referirse a la llegada de inmigrantes a Ceuta. Dirigentes del Partido Popular han mostrado públicamente fotografías de machetes y heridas, han hablado de niños que supuestamente llevan gas pimienta para defenderse y se han preguntado: «¿Tiene que morir alguien?». Vox ha ido todavía más lejos: «Ceuta sigue invadida. España sigue invadida. Es una invasión».

Son palabras. Sí. Pero las palabras también importan.

Cuando desde la política se repite que estamos siendo «invadidos», cuando se relaciona continuamente al inmigrante con delincuencia, machetes, agresiones sexuales o inseguridad, se construye una imagen determinada del otro: deja de ser una persona y empieza a convertirse en una amenaza.

Y entonces puede ocurrir lo que vimos en Ceuta.

Hay un momento especialmente estremecedor en las imágenes. Mientras golpean y apedrean su vehículo, Julia Ferreras grita desesperadamente: «¡Que no somos nosotros, que os habéis confundido!».

Es perfectamente comprensible. Estaba aterrorizada e intentaba detener una agresión que podía tener consecuencias terribles. Pero aquella frase deja flotando, involuntariamente, una pregunta incómoda: ¿y si hubieran sido ellos? ¿Y si dentro del coche hubieran viajado realmente las personas del colectivo navarro a quienes buscaban?

Evidentemente, tampoco entonces habría estado justificada una sola piedra.

La propia Julia Ferreras lo ha explicado después con claridad: daba igual quién estuviera dentro de aquel coche; nadie puede ser linchado por pensar diferente o por venir de otro lugar.

Ahí está precisamente el problema. Cuando previamente hemos dividido a la sociedad entre «nosotros» y «ellos», entre quienes pertenecen y quienes supuestamente amenazan nuestra seguridad, corremos el riesgo de acabar pensando que determinadas personas merecen un trato que jamás aceptaríamos para «los nuestros».

Eso también es violencia. No la violencia física de quien lanza una piedra, cuya responsabilidad corresponde exclusivamente a quien la lanza. Es otra violencia: la del señalamiento, la deshumanización y el miedo convertido en instrumento político.

No podemos afirmar que una frase pronunciada desde una tribuna sea la causa directa de una piedra lanzada posteriormente. Pero tampoco podemos comportarnos como si las palabras pronunciadas por quienes tienen responsabilidad política fueran inocuas.

La convivencia también se construye —o se destruye— con ellas.

Por eso resulta demasiado fácil condenar la violencia cuando aparecen los golpes y olvidarnos del lenguaje que puede contribuir a crear un clima de hostilidad.

Y quizá resulte todavía más contradictorio condenar una agresión por la mañana y, pocas horas después, negarse a respaldar una declaración institucional que condena la violencia, el racismo y las amenazas, mientras se continúa hablando de «invasores» e «invasión».

No basta con condenar el incendio cuando durante semanas se ha estado jugando con gasolina cerca del fuego.

Porque la violencia no siempre comienza con una piedra. A veces empieza mucho antes, con una palabra.

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