Anatomía de una caída

No, no voy a referirme a la excelente película, al menos para mí, de Justine Triet. Esta es una caída más mundana: la mía, en la ducha.

Una vez pasado el tiempo desde que ocurrió el fatal accidente, bueno, no sé si tan fatal, puesto que puedo contarlo, y al analizar el suceso con más perspectiva, además de dar las gracias a quien corresponda, porque aún no había llegado mi hora, voy a contaros lo que me sucedió y cómo lo viví.

Siempre he sido precavido al entrar en las bañeras, especialmente en las de los hoteles, y lo hago con mucho cuidado, agarrándome donde puedo, sobre todo al levantar la pierna. Pero en este caso, no se trataba de una bañera, sino de una ducha, cuyo plato estaba a ras del suelo. Además, tenía esos adhesivos para evitar resbalar y un agarradero en la ducha.

Pues bien, cuando había comenzado a quitarme el jabón del cuerpo, cogiendo la alcachofa con el flexible para tener más presión cerca, como siempre hago, levanté la pierna izquierda para acercarla al agua, pero el pie derecho se deslizó hacia adelante junto con el adhesivo, y caí al suelo de la ducha.

El golpe fue considerable. El plato de la ducha es grande, así que mi pierna derecha se extendió bastante y golpeé con la cabeza y el omóplato izquierdo contra la pared, soportando la mayor parte del peso de mi cuerpo sobre el antebrazo izquierdo. En la mano derecha seguía sujetando la alcachofa.

La caída duró unos segundos, pero fue suficiente para que, por mi mente, pasara el pensamiento: “José, vaya forma tonta de morir; te van a encontrar aquí desnudo, lleno de jabón y a saber cuándo”.

Cuando me di cuenta de que, al menos en ese momento, no había fallecido, empecé a pensar y me dije: “A ver, José, despacio; revisa si puedes mover las piernas y si eres capaz de incorporarte”. Así lo fui haciendo poco a poco y, efectivamente, pude ponerme a cuatro patas. Al ver que también podía mover los brazos, logré incorporarme por completo. Sentía el golpe, pero vi que podía seguir quitándome el jabón e incluso fui capaz de secarme con la toalla.

Al mirarme en el espejo, noté un bulto a la altura del esternón, pero comprobé que podía mover el brazo e incluso levantarlo por encima de la cabeza. Pensé que no tenía nada roto, pero que sería mejor ir a Urgencias.

Me vestí y, como no estaba muy lejos del Centro de Urgencias, fui caminando despacio hasta allí. Poco a poco iba notando cómo me dolía el costado, así que imaginé que era posible que tuviera alguna costilla rota, ya que me dolía al toser.

En el centro me atendieron bastante rápido. Tuve suerte; a esa hora no había muchos pacientes. Me hicieron radiografías de la cabeza, la clavícula y el costado. En la cabeza no se veía nada; el golpe fue leve. Supongo que mis años de judoka me ayudaron a sujetar la cabeza con el cuello y evitar un golpe fuerte.

En el costado, se veía una costilla rota, pero sin desplazamiento, así que no había riesgo de que afectara a algún órgano. Solo era cuestión de tiempo para que se soldara por sí sola. En cuanto a la clavícula, el doctor que me atendió dijo que no lo veía claro y me derivó a Urgencias Hospitalarias para una mejor valoración por un traumatólogo.

Cogí un taxi y, tras un frenazo involuntario que dio el taxista y me hizo ver las estrellas, llegamos al hospital en cinco minutos. Ingenuo de mí, pensé que, dado que venía derivado del otro centro y con las radiografías hechas, sería cuestión de un momento. Pasaron más de dos horas hasta que me atendieron por primera vez. Me volvieron a hacer otras radiografías y, tras unas cinco horas, me dijeron que tampoco lo tenían claro por unas lesiones viejas en la clavícula, así que me pusieron un cabestrillo y me dijeron que me avisarían para una revisión en unos días.

Bueno, no os voy a aburrir con los días que pasé con el cabestrillo. Cuando fui a la revisión, el traumatólogo me dijo que no servía de nada. Lo que tenía era un desplazamiento de la clavícula a la altura del esternón y, mientras no me molestara para tragar, sería como lo de la costilla: el dolor pasaría, pero el desplazamiento quedaría ahí. Pues nada, una tara más. Los moratones que me salieron desde el cuello hasta el ombligo poco a poco fueron cambiando de tonalidades hasta que desaparecieron.

Todo esto me ha hecho volver a pensar que en cualquier momento podemos irnos, y no, no tiene que ver solo con la edad. Una caída en la ducha le puede pasar a cualquiera. Tampoco sería una mala muerte, sin sufrimiento. Eso sí, si piensas en la escena que encontrarían, una vez pasado el susto, te da risa.

Y como decía, ya que no sabemos cuándo nos podemos marchar, disfrutemos de cada momento al lado de las personas que nos aportan y dejemos de lado a las tóxicas. Y, a ser posible, si vivís solos o solas y no queréis pasar mucho tiempo en esa pose, intentad tener contacto diario con alguien, que al menos, si no hay remedio en la caída, os encuentren antes de que pase mucho tiempo.

Tempus Fugit, Carpe Diem et Memento Mori.

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