
En lo demás, el señor Pérez insiste demasiado en que el campo está amenazado exclusivamente por enfermedades, fauna salvaje o por quienes defienden una agricultura menos dependiente de químicos. Sin embargo, esta visión olvida los verdaderos retos estructurales que arrastra el sector desde hace décadas. Se menciona que la peste porcina africana o la gripe aviar ponen en jaque a la ganadería, pero rara vez se reconoce que la propia ganadería intensiva —con miles de animales hacinados en espacios reducidos— es el escenario perfecto para que los virus se propaguen y muten. No es la fauna salvaje la que crea esas condiciones, sino un modelo industrializado que prioriza la producción masiva y barata por encima de la salud animal, la calidad del producto y la sostenibilidad.
Tampoco se admite que muchos monocultivos intensivos han debilitado la fertilidad natural de los suelos. Si el mildiu o el fuego bacteriano causan estragos, no es solo por el clima: también tiene que ver con la pérdida de biodiversidad agrícola, la eliminación de setos, la desaparición de insectos beneficiosos y el agotamiento de la tierra tras años de prácticas químico-dependientes. Culpar a la regulación ambiental es más fácil que asumir que un sistema excesivamente dependiente de pesticidas es, por definición, un sistema frágil.
Resulta curioso que se hable de “ecologismo de salón” cuando se pide reducir pesticidas, ignorando que la comunidad científica lleva décadas alertando de sus efectos en la salud, en los ríos, en los acuíferos y en la biodiversidad. No se prohíben productos por capricho, y generalmente muy tarde, sino por evidencias: toxicidad, persistencia en el entorno o impacto acumulado. Defender un uso más responsable de los fitosanitarios no es atacar al sector agrario; es intentar que siga existiendo dentro de treinta años.
Respecto a la fauna salvaje, plantear que su control sea la solución es simplificar en exceso el problema. El incremento de jabalíes, por ejemplo, está directamente relacionado con la desaparición de depredadores naturales como el lobo, y mientras tanto, el Gobierno de La Rioja está dispuesto a pagar por cada ejemplar cazado: otra incongruencia más. Sería mucho más eficaz gestionar los ecosistemas de forma integrada, restaurar corredores ecológicos y desarrollar prácticas agrarias que reduzcan la atracción de fauna hacia los cultivos y las granjas.
Mientras se señala hacia fuera —animales, virus, Bruselas, ecologistas— se pasa por alto algo fundamental: la creciente concentración de la tierra y de la producción en manos de grandes empresas agroindustriales. Esto ha desplazado a pequeñas y medianas explotaciones, debilitado el tejido rural y reducido la diversidad productiva. Ese es uno de los mayores peligros para la soberanía alimentaria: la pérdida de autonomía de agricultores y ganaderos frente a los gigantes que controlan semillas, insumos, distribución y precios.
Además, se habla mucho de seguridad alimentaria pero muy poco de la seguridad ambiental, que es su base. Sin suelos vivos, sin agua limpia, sin polinizadores, sin variedades resistentes y sin ecosistemas que actúen como barrera natural frente a plagas, no habrá agricultura posible. Por eso son urgentes la rotación de cultivos, la agricultura regenerativa, el manejo integrado de plagas, la reducción real de químicos, la ganadería extensiva y las cadenas cortas de comercialización que devuelvan valor añadido a quienes trabajan la tierra.
Las soluciones existen, pero no pasan por “más de lo mismo”. Pasa por transformar el modelo hacia uno que realmente proteja al sector a largo plazo. Defender el campo no es pedir más pesticidas ni más animales encerrados, sino garantizar que las generaciones futuras puedan seguir cultivando y viviendo en un entorno sano y fértil.
Reducirlo todo a virus, fauna salvaje y “ecologismo de salón” es cerrar los ojos a la raíz del problema. El campo necesita políticas valientes, innovación, apoyo a pequeños productores y una transición real hacia prácticas sostenibles. Porque cuidar la tierra no es ir contra el sector agrario: es, precisamente, protegerlo.
Publicada en el periódico La Rioja el 18/12/2025
